Con frecuencia, muchos padres me preguntan qué hacer con sus hijos pequeños cuando hacen “pataletas” o “berrinches” y cómo lograrlo rápidamente. Ellos siempre esperan “recetas de cocina” de la especialista, qué hacer y qué no hacer, como si existieran trucos mágicos, pero lo que debemos entender es que, mejor que la intervención, es la PREVENCIÓN. ¿A qué me refiero con esto?
Resulta más efectivo establecer normas claras dentro de la familia desde el nacimiento. Desde que el bebé nace, hay que establecer horarios para comer, dormir, jugar, bañarse, salir a pasear, etc. Si los padres se ponen de acuerdo para determinar qué van a permitir y qué no, lo más probable es que sus hijos “no hagan pataletas”, porque ya saben lo que tienen que hacer.
Los infantes hacen “pataletas” porque saben que los padres ceden a sus requerimientos cuando lloran, se tiran al suelo, cierran la boca, intentan no respirar, vomitan, te dicen que eres malo, que ya no te quieren y mucho más. Existen tantas pataletas como niños.
Este primer periodo de desarrollo se establece entre recién nacidos y los seis años aproximadamente. Está conformado por la lactancia (de 0 a 12 meses), primera infancia (de 1 a 2 años) y la segunda infancia (de 3 a 6 años), cada etapa con sus propias características.
Durante los primeros dos años, los niños no hacen “berrinches” o “pataletas” propiamente dicho, ya que están aprendiendo a adaptarse a su medio ambiente y exigirán en la medida que sus padres se lo permitan. Si el bebé llora para que le den algo y el padre se lo da, entonces él aprenderá que así se piden las cosas. Por eso es mejor tener reglas claras entre los padres. Por ejemplo, “no vamos a darle nada si lo pide llorando, mejor lo distraeremos”. Esa es una regla útil y valiosa para niños menores de dos años. ¿Qué podemos hacer en ese momento? Cantarles, mostrarles un libro, sacarlo de ese ambiente y llevarlo a otro, hacerlos mirar por la ventana, mostrarles algún juguete que les guste. Esto varía de acuerdo con lo que le guste a cada bebé. Pero, bajo ningún punto de vista, darle lo que desea si está llorando. Hay que esperar a que se calme. Cuando se tranquilice, entonces podemos darle lo solicitado, diciéndole que estamos contentos de que se haya calmado y que por eso le damos el juguete que quería. Así aprenderá que obtendrá lo que desea cuando se calme y no mientras llore.
Bajo ese esquema, se deben establecer todas las reglas y normas de la casa, tener claro cómo se va a actuar y que todos en la casa hagan lo mismo. Si en el hogar hay un abuelo, abuela, niñera, hermanos, etc., que no van a seguir las normas, es muy difícil establecer reglas. El infante, durante los primeros años, irá aprendiendo de quién puede “aprovecharse” y a esa persona le hará los “berrinches” porque sabe que accede a sus requerimientos.
Entonces, como conclusión, puedo decirles que los niños durante los dos primeros años de vida no hacen “berrinches”, sino que los educamos a pedir y solucionar conflictos a través de conductas inadecuadas (llanto, gritos, tirarse al suelo, tirar cosas, etc.) porque accedemos a sus requerimientos cuando emiten estas conductas. Esto sucede debido a que los padres no hemos establecido claramente cómo vamos a actuar, qué vamos a tolerar y qué no vamos a permitir.
Entre los dos y tres años, empieza la verdadera etapa de los “berrinches” porque el niño se comienza a individualizar y se da cuenta de que es un ente diferente a los otros, con voluntad y deseos propios. Es parte del proceso de desarrollo normal, pero los padres debemos tener claro que esta etapa debe estar controlada antes de los cuatro o cinco años. De lo contrario, posteriormente ya no serán solo “berrinches” sino que comenzarán a desarrollar trastornos de conducta.
A partir de los dos años, es el momento de comenzar a aplicar algunas técnicas que nos han recomendado, que hayamos leído en algún artículo o que intuitivamente practiquemos. Aquí les proporciono algunas sugerencias:
- Tiempo fuera: Sacarlo del ambiente o sentarlo en una silla por espacio de algunos minutos en proporción a su edad (3 años – 3 minutos; 4 años – 4 minutos y así hasta los 6 años).
- Extinción: Ignorar la conducta inadecuada, dándole como pauta que cuando se tranquilice hablarán con él.
- Coste de respuesta: Enseñarle las consecuencias de sus acciones inadecuadas y que las asuma. Por ejemplo, si no terminas rápido de comer, se pasará la hora de ver televisión y tendrás que ir directamente a realizar lo que continúa.
- Redirección: Distraerlo a otra situación para que se calme. Por ejemplo, si comienza a llorar porque quiere un juguete, puedes preguntarle dónde está un libro que le gusta y dedicarse a eso para que olvide lo anterior.
- Transacción: Ponerse de acuerdo en la flexibilidad de la norma. Por ejemplo, si no quiere hacer la tarea, dejarlo descansar 10 o 15 minutos haciendo algo que le interese con la promesa de que luego hará la tarea sin oponer resistencia.
- Sobrecorrección: Hacer que emita la conducta esperada. Por ejemplo, si llora porque no quiere guardar los juguetes, una vez que se tranquilice igual tiene que hacerlo. Podemos ayudarlo, pero no puede dejar de emitir la conducta esperada.
Todas estas técnicas sirven si el niño ha adquirido lenguaje (alrededor de los 2 años). Si no tiene lenguaje, es poco probable que sean muy útiles, porque para aplicarlas es necesario que previamente le hayamos explicado al niño la regla que queremos que cumpla. De lo contrario, no entenderá qué debe hacer y cómo vamos a actuar frente a ella si no la cumple.
Una de las causas por las que los niños se comportan de forma inadecuada es porque jamás les hemos dicho qué esperamos de ellos, cómo esperamos que se comporten y qué sucederá si no se ajustan a la norma. Tan fácil como decirle a su hijo: “Vamos a ir al supermercado a hacer las compras de la semana. Papá y mamá no vamos a comprar ningún juguete. Nosotros esperamos que camines contento a nuestro lado y que no llores pidiendo uno. Si lloras, vamos a regresarnos a la casa y ya no tendremos tiempo para ir al parque después como te habíamos ofrecido porque más tarde vamos a tener que regresar para poder hacer las compras.” Ahí le explicaron la conducta esperada: “caminar contento al lado de ellos”; la norma: “no llorar pidiendo juguetes”; y el coste de respuesta: “nos iremos a la casa y no vamos a ir al parque porque tendremos que volver para hacer las compras de la semana”. Luego de explicar esto, hacerle preguntas sencillas al niño para cerciorarnos de que entendió lo que le dijimos y, finalmente, lo más importante: cumplir con lo que hemos dicho. Muchas veces los niños no se ajustan a las reglas porque los padres no cumplen lo ofrecido. Y no solo eso, sino que después terminan dándoles un premio: “lloró en la tienda por el juguete, no se regresaron a la casa y, como después de tanto jaleo estaban agotados para ir a cocinar, lo llevaron a comer pollito al restaurante”. Lo único que le enseñaron al niño es que haga lo que haga, siempre va a salir beneficiado y ustedes no van a cumplir lo que ofrecen.
Es fundamental que los padres comprendamos esto para que finalmente cambiemos de actitud y no nos sintamos culpables por establecer normas, ya que eso enseña a nuestros hijos a convivir de forma adecuada con otras personas.
Lic. Ps. Rosa Taramona Aparcana
Psicóloga. Especialista en Ps. De Familia y Desarrollo Cognitivo
Especialista en Estimulación Temprana
Gerente Educativa – Déjalo Ser


